Por segunda vez ¡¡pasé miedo!!

Por aquel entonces yo… ¡Tenía novio! jajaja, ¡¡novio… Yo con dieciocho años!! Él tenía veinte, también tenía una vespa en la cual yo montaba de paquete maravillosamente bien. Por aquellos tiempos… Él estaba haciendo el servicio militar en el Ministerio de Marina en Madrid (Marinero de tierra porque la mar le mareaba, jajaja).

En uno de los permisos que solían conceder a los soldados, un Domingo… después de salir del cine, me dice: ¿Qué te parece si vamos a tomar algo a Munguía? (Munguía es un pueblo del País Vasco) que distaba unos veinticinco Kms. del lugar en el cual estábamos.

Aunque me parecía un poco tarde, nos montamos en la moto y llegamos a Munguía, entramos en una cafetería, tomamos algo y cuando salimos de allí era de noche. No es que se nos pasaran las horas como si fueran minutos, ¡Que no! Lo que ocurrió fue que… era otoño, y en ese tiempo cuando te quieres dar cuenta, ya se hizo de noche.

Entonces, mi novio me convence para volver por otra carretera, más que carretera… por aquel entonces parecía un carril de cabras.

Yo… nunca había pasado por allí y él… no habría pasado muchas mas veces, porque de haberlo hecho, se habría dado cuenta de que la vuelta que dimos era el doble y un poquito más que si hubiéramos regresado por la misma carretera que habíamos llegado.

Subimos a la moto y emprendimos el viaje por aquella carretera. Al principio… charlábamos, luego… según nos adentrabamos en el monte… el silencio se hizo patente, pinos a un lado, pinos al otro lado. De repente… un pequeño barranco que ves. Un perro que ladra, otro que contesta, algun caserío que podemos ver a lo lejos. Un coche que nos sigue, mi novio que le da paso, el coche que sigue detrás de nosotros. Yo… que pienso en historias que había leído en el caso, una historia espeluznante que le había pasado a una pareja de novios, que quizás… el lute podría andar por aquellos lugares, que si algún miembro de la ETA también. El coche que seguía detrás, mi novio que le daba paso, el coche que no pasaba y así sucesivamente, hasta que ¡por fin… el coche nos adelantó!

Ahora… el miedo era tan grande, que… no oíamos ni nuestra respiración, no nos decíamos nada, cada cual tenía sus propios pensamientos y cada curva que aparecía, yo pensaba que si no era en esta sería en la siguiente, pero aquel coche… seguro que nos estaba esperando por algún lugar, nos tirarían de la moto y aquella historia que yo había leído en el caso se repetiría.

Yo… estaba muerta de miedo, él… estaba más muerto que yo. Cuando vimos la carretera de Bilbao, llena de coches… dimos un suspiro de tranquilidad. Sólo entonces, me preguntó: ¿Has tenido miedo? Yo le respondí: ¿Y tú, no?.

Bueno… a pesar de estar bastante más lejos y de que el rodeo que habíamos dado era considerable, esta carretera la conocíamos y era como andar por casa.

Ahora… cuando alguna vez andamos por esos lugares, mi marido me recuerda aquella noche y el miedo que pasamos.

Rosa María Llamas.

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